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Escrito por el 26 marzo, 2019

Leo Fusero nos trae la columna semanal de Economía en Cartón: Detrás del Humo del Choripan, con un amplio análisis del contorno político argentino.


Durante la segunda mitad del siglo XVIII, los jueces ingleses solían aplicar penas de siete años de cárcel como mínimo, por cualquier delito, aún los más leves. El hurto, la mendicidad, la prostitución o tener raptos de ira eran castigados con la cárcel. Tal rigurosidad atestaba los presidios ingleses. La deportación a ultramar de delincuentes y elementos indeseables fue una medida efectiva para descomprimir el hacinamiento carcelario, y al mismo tiempo, un voluminoso aporte de mano de obra barata para desarrollar las nuevas colonias de ultramar. Australia funcionaba a la sazón como un gran presidio, donde el imperio depositaba delincuantes. Lord Sidney, ministro del interior y encargado de los presidios, organiza en 1787 la primera expedición a esas tierras que zarpa de Inglaterra con un cargamento de 750 condenados. Se inicia así la formación de un nuevo Estado, que hoy posee una PBI per cápita superior a la del Reino Unido, Alemania y Francia, ostenta el segundo lugar en el Índice de Desarrollo Humano según Naciones Unidas, con una economía que no ha sufrido una recesión desde 1990 y que ostenta un envidiable desempleo del 5,1 %. La calidad de los primeros habitantes del país destruye el mito típico del medio pelo argento, que con sorna suele decir que el problema de la Argentina es que fue poblada por gallegos brutos y tanos delincuentes, a diferencia de Australia, que fue colonizada por ingleses. El mismo argumento tuvieron los padres fundadores, como Alberdi o Sarmiento, al indicar que la raza hispánica mezclada con la chusma del indio era la causa de la barbarie, cuya única solución radicaba en atraer a estas tierras a sajones, que eran gente de trabajo y progreso, y podrían mejorar con su sangre la nefasta herencia española. Es cierto que Australia fue fundada por ingleses, pero de profesión ladrones, rateros, y putas. Otro argumento comparativo del desclasado argento es que el país podría vivir tranquilamente del campo, exportando solo productos primarios “como lo hace Australia”. El turismo, la educación y los servicios financieros representan el 69 % del PIB Australiano, mientras que la agricultura y la explotación de los recursos naturales comprenden solo el 3 % y el 5 % respectivamente. Otro mito caído. 
El 7 de junio de 1797 partió del puerto de Falmouth la fragata inglesa ‘Lady Shore’ con destino a Australia. Transportaba un destacamento de 75 soldados del regimiento de la Nueva Gales del Sud y 68 convictos, de los cuales 66 eran mujeres condenadas por prostitución. Las reclusas estaban a bordo desde febrero, los soldados abordaron en marzo y la embarcación zarpó en junio, dando tiempo suficiente para que soldados y prostitutas llegaran a conocerse en profundidad. A la altura de Río de Janeiro putas y soldados se amotinan, matan al capitán, al primer oficial, suben en un bote al resto de la tripulación cerca de la costa brasilera y ponen rumbo a Montevideo, puerto al que arriban el 27 de agosto de 1797. El virrey declara que  las inglesas son desembarcadas y «repartidas en el vecindario de esta ciudad (Montevideo) el cual se ha prestado a porfía a recogerlas con una humanidad inexplicable». Ante esa situación el Virrey decide trasladarlas a la Residencia en Buenos Aires, establecimiento donde eran depositadas las mujeres acusadas de delitos, insanas, chinas, indias o de vida libertina. 
Las diferencias de desarrollo entre Australia y la Argentina no están dadas por la calidad de sus primeros pobladores, y es falso que su prosperidad se deba solo al campo, pero de alguna forma el sueño de Alberdi y Sarmiento se cumplía. La diferencia es que no venían laboriosos sajones a promover las agricultura ni el progreso. Venían sajonas, y eran putas. Posiblemente no promovieron la técnica y la industrialización del país, pero seguramente lo hayan transformado en uno mucho más divertido.

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