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La Argentina de Mandelbrot

Escrito por el 14 agosto, 2020

Por: Leo Fusero

Según la UCA, la pobreza ya alcanzó el 45% y perfila un piso del 50% a fin de año. Al salir de esta tragedia, la mitad del país será pobre. El 62% de los niños menores de 14 años viven vidas miserables. Doce millones de personas subsisten gracias a comedores populares. Se perdieron casi un millón de empleos en un año, 224 mil puestos efectivos durante la cuarentena, según los datos del Sistema Integrado Previsional Argentino, haciendo letra muerta del decreto de prohibición de despidos. El 30% de los inquilinos no puedo pagar su alquiler el mes pasado. La tragedia colectiva que atraviesa el país requerirá de tiempo y grandes esfuerzos, si es que quiere ser resuelta. Para que se vuelvan a crear 900 mil empleos formales se necesitan al menos ocho años, suponiendo que luego de la pandemia haya un fuerte proceso de reactivación económica. En el mejor de los casos se volvería a la situación anterior a la pandemia Macrista, que tampoco era la panacea.

Dejar definitivamente atrás la desigualdad y el subdesarrollo que imponen en el país las clases cómplices del capitalismo financiero internacional implica tomar medidas que no son desconocidas y que se utilizan ampliamente en el mundo “civilizado”, pero que las bebedoras de dióxido de cloro televisadas calificarían como chavistas con solo enunciarlas. Estatizar servicios públicos como lo han hecho Italia o Alemania, administrar soberanamente el comercio exterior como lo hace cualquier país europeo, ejercer de pleno la soberanía fiscal y monetaria, establecer un Ingreso Universal como aconsejó la ONU y planean casi todos los países del mundo, llevar a la realidad el  derecho consagrado en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional que garantiza la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas, la reducción de la jornada laboral que se aplica en los tan admirados países escandinavos y sancionar una nueva ley antimonopolios que sea al menos tan comunista como la del Congreso de Estados Unidos, que la semana pasada sentó ante el subcomité Judicial de la Cámara de Representantes a Tim Cook, de Apple; Jeff Bezos, de Amazon; Mark Zuckerberg, de Facebook, y Sundar Pichai, de Google, para que presten testimonio ya que sus firmas están acusadas de abusar de su posición dominante.

Cualquiera de estas medidas son inimaginables en un país donde incluso cuando el gobierno toma la decisión de estatizar una empresa que defraudó al fisco y robó más de 400 millones de dólares del Banco Nación, recula rápida y grotescamente ante la presión del poder mediático y las manifestaciones callejeras de sexagenarios. Así las cosas, la post-pandemia tendrá el mismo cuadro de ganadores de siempre: El sistema financiero. Los dueños del dinero se disponen a hacer más dinero, ya que ahora son los encargados de direccionar las ayudas estatales. El tesoro de Estados Unidos decidió que sea el fondo de inversión BlackRock el agente financiero que canalice las ayudas por más de U$S 750.000 millones (casi dos veces y media el PBI Argentino) destinadas a salvar las empresas norteamericanas. Gracias a ello las acciones duplicaron su precio en Wall Street en poco tiempo y aún pueden subir un 80%, dependiendo siempre de la leche estatal que define sus ganancias. Que es el Estado el que define los ganadores y perdedores lo ejemplifica Trump al resucitar Kodak. La compañía, que llevaba años penando, ha vuelto a la vida gracias al préstamo de 765 millones que le ha concedido el Gobierno para que se ponga a fabricar medicamentos. Los títulos de Kodak pasaron de U$S 2,62 a  U$S 42 en solo 72 horas, dando una ganancia de 1.500% en tres días. La fiesta en la bolsa local no es menor, con acciones que ganaron un  48% sólo este mes. El arreglo de la deuda impulsará la subida, liderada por las acciones de (cuando no) los bancos. Arreglo festejado por propios y ajenos, pero sufrido por el pueblo argentino que tendrá que pagarlo. El origen del endeudamiento y su promesa de ser investigado a fondo murió hace meses. La comisión del Congreso para estudiar el origen y legitimidad de la deuda macrista hace dos meses que no se reúne y el Banco Central aún no ha enviado el informe sobre fuga de capital que le fuera solicitado en abril. La investigación no pinta muy compleja, ya  que el propio Clever Carone, asesor de Trump y ex director del FMI por Estados Unidos declaró que el préstamo dado por el organismo al gobierno de Macri se hizo pura y exclusivamente para que este pueda ganar las elecciones y evitar la vuelta del populismo. Lo se que llama un aporte de campaña, que Macri y sus amigos desperdiciaron, pero que pagará todo el pueblo argentino con hambre y miseria, pero sin chistar.

El poder real no piensa retroceder un tranco de pollo, como lo demuestra la negación del macrismo a tratar proyectos de ley en el Congreso, previa instrucción de su líder, que se muestra muy preocupado por la democracia y el futuro nacional desde su habitación de hotel de 1.800 euros la noche en París. Su huída solo refleja el comportamiento del poder real global, encarnado en su querido Rey, que al ser investigado por corrupción se fugó de España prefiriendo afrontar el proceso en una isla del Caribe mientras le tiran la goma. Solo un alucinado puede pensar que en algún momento Magnetto se sentará ante un juez o una comisión especial del Congreso para ser interrogado por su posición dominante. La pandemia solo desnuda la estructura fractal del país. Al ampliar ciertas partes de su estructura, reaparece una similar a la inicial y así sucesivamente. Cada parte del poder es isomorfa a la general. El poder sindical es un clon del poder político que es un clon del poder económico que es un clon del capitalismo financiero transnacionalizado, al que no llegan las leyes que se aplican a la gilada y nunca a los mafiosos. Anclado en las estructuras de poder, naturalizado por masas zombies que aceptan instrucciones sin protestar, masificado por un sentido común deformado en escuelas y aparatos educacionales, burocratizado por acción u omisión y defendido incluso por aquellos que son sus víctimas, la generación de pobreza y la condena a una vida inhumana para generaciones enteras es un proceso que se asemeja a una enfermedad autoinmune, que se reproduce y no tiene fin.

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