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Un humilde portafolios

Adios Mundo Cruel 16 April, 2020

 

Carlos Toto Bustos abrazó sin miramientos la causa de los más pobres. A ellos les dedicó toda su vida. Nació en La Cumbre, Córdoba,  en 1942. Era el mayor de cinco hermanos. Siempre estuvo al servicio de los más pobres y de los que padecen injusticias.

 

Ingresó como seminarista a la Orden Franciscana Capuchina siendo un adolescente. Se ordenó sacerdote en 1970 en la iglesia Santa María de los Ángeles, en el barrio de Saavedra. De allí en más, siempre abrazó la vida como sacerdote. La orden religiosa seguidora de San Francisco tiene el juramento de “pobreza, obediencia y castidad.” Carlos hizo un culto de esos dictámenes éticos. En su corta vida de religioso anduvo afincado en varios lugares. La Rioja, Formosa, Entre Ríos, Buenos Aires y también Uruguay. Formó parte del Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo, donde comenzó su incansable trabajo pastoral. Había armado su capilla en la villa porteña de Ciudad Oculta y desde allí practicó su compromiso evangélico con los nadies.

 

“Uno no puede predicar el Evangelio en la comodidad de una vida burguesa, desde la altura solemne de un púlpito. Nosotros pensamos que se tiene que vivir el Evangelio en medio de los pobres. (…) Cristo vivió como un pobre y murió en la extrema pobreza:

hasta sus amigos más cercanos lo abandonaron. Estoy cansado de la hipocresía del mundo, de la comodidad egoísta de los hombres. Porque todo el mundo se rasca para adentro. Nuestros políticos no llegan a ninguna conclusión popular. No hacen otra cosa que jugar con las esperanzas del pueblo”, escribió Toto, en carta a sus amigos en 1972.

 

Fue un cura trabajador que no buscaba vivir a costa de los fieles. No aceptaba dinero, y se ganaba la vida como taxista. Formó parte de la congregación religiosa Fraternidad del Evangelio e integró Cristianos para la Liberación, una organización de superficie formada por católicos posconciliares vinculada a la Tendencia Revolucionaria del peronismo de aquel entonces. Es que no todo resultó igual dentro del ámbito de la Iglesia Católica argentina y su Episcopado, durante la larga noche de la última dictadura. Dictadura a la que alentó, apañó y avaló, dando vía libre a la tortura como método, y los vuelos de la muerte. No todos tuvieron la execrable conducta del cardenal Aramburu, de monseñor Plaza o del vicario castrense Bonamín. Tampoco de monseñor Derisi, de la UCA, del obispo de Mercedes Ogñenovich o del condenado capellán von Wernich. Hubo muchos mártires en la Iglesia, más allá de la figura fulgurante del padre Mugica.

 

Tras la Masacre de San Patricio, y pese a las amenazas de la dictadura y la insistencia de varios de sus compañeros y superiores, Carlos decidió quedarse en el país, involucrándose más aún en las denuncias sobre la gravedad de la situación y las desapariciones y asesinatos de religiosos. Viajó a La Rioja para averiguar sobre la muerte del obispo Angelelli, e intentó llegar hasta el cardenal Primatesta, en Córdoba, para hacer oír su reclamo. La respuesta, paradójicamente, llegó al poco tiempo cargada de máxima violencia.

 

 

El viernes santo 8 de abril de 1977, Carlos, de 35 años, se dirigía a oficiar misa en Nueva Pompeya. Lo secuestró una banda de represores que lo acusó de marxista. Se sabe que fue torturado en el centro clandestino Club Atlético, ubicado en la avenida Paseo Colón, en Buenos Aires.

 

Continúa desaparecido.

 

Según testigos, lo torturaron salvajemente….pero nunca lograron quitar la imagen serena de su rostro. Desde hace seis años una baldosa por la Memoria lo trae al presente en la puerta de la Iglesia de Nueva Pompeya. Todo su patrimonio era un humilde portafolios, que llevaba de un lado al otro, cargado de hostias.